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Schiavitù Moderna

É bella questa foto di Paola, mi trasmette una sensazione speciale, un sentimento profondo, mi dice tante cose… mi parla di solitudine, di nostalgia, di vite piane, di automi che ripetono sempre gli stessi movimenti e mancano di valori nobili. C’è un’atmosfera strana e una certa drammaticità nella scena che emanano di quella luce obliqua, di quella texture granulata, della quasi totale assenza di colore, del colore del caffè e la macchia che c’è sul bordo della tazza. A proposito, questa piccola macchia colorata è meravigliosa, sembra essere la connessione tra l’ordine e il disordine, tra il pensiero e l’assenza di pensiero… è la piccola goccia di ottimismo e allegria che cerco in ogni situazione, in ogni scena della vita.

Ultimamente mi capita spesso di trovare della gente arrabbiata per la strada, gente che urla, che parla da sola oppure parla con tutti quelli che passano al suo fianco. Non mi piacciono questi individui perché litigano e si lamentano ad alta voce delle cose più banali. Io noto forti interferenze tra i miei neuroni quando trovo uno di questi e mi viene voglia di fermarmi davanti a lui (di solito sono uomini) e gridare: “Taci, chiudi il becco stronzo. Smettila. Smetti di disturbarmi, se non ti piace questo mondo vattene su Marte!!!” Su Marte oppure a Fernando Poo, come diceva mia nonna. Lo farei volentieri e lo so che lo potrei fare, non è ancora successo perché l’ordine che alla fine passa attraverso i miei neuroni è SCAPPA, SCAPPA invece di FALLO TACERE, ma chissà, forse qualche giorno non mi potrò trattenere. Oggi è stato un vecchio grasso, non ho niente contro i vecchi né contro i grassi, ma questo era vecchio è grasso, 70 anni, 1,70 m di altezza e 170 chili, direi. Camminavamo lungo la strada più commerciale della città. Io avevo lasciato la macchina in un parcheggio vicino e mi dirigevo al centro di lingue. Adesso siamo in periodo di saldi, quindi la strada era molto affollata. Faceva un caldo terribile. I passanti sfilavano disordinatamente, alcuni più veloci scivolavano tra la massa più pesante. Io stavo cercando proprio di sparire al più presto ma mi sono trovata bloccata da un gruppo di persone e allora questo tipo, che era proprio dietro di me, ha cominciato a gridare: “Comprate, comprate, dai andiamo a comprare. Facciamo shopping. Guardate, tutti con la loro borsetta. Tutti devono comprare adesso. Quello che non ha una borsa oggi è stupido. Dobbiamo comprare adesso perché senno, dopo chi pagherà il mutuo. Dai, dai, comprate, tutti con la loro borsetta!!” e continuava con la stessa storia. Vabbé, dopo un po’ sono riuscita a sorpassare questo gruppo e al primo incrocio ho girato l’angolo e ho cercato una strada con meno gente. Ero ancora un po’ elettrizzata dallo stress di quel tipo quando ho visto una signora anziana, molto piccola, che aveva una certa difficoltà ad aprire la porta del suo edificio, una porta di ferro molto grande e pesante. Lei da sola non ce la faceva ad aprire allo stesso tempo che prendeva il bastone. Sono andata da lei e l’ho aiutata. Poi, con una dolcezza estrema mi ha ringraziato tantissimo e così mi ha fatto dimenticare l’altra storia.

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Es bonita esta foto de Paola, me trasmite una sensación especial, un sentimiento profundo, me dice tantas cosas… me habla de soledad, de nostalgia, de vidas planas, de autómatas que repiten siempre los mismos movimientos y carecen de valores nobles. Hay una atmósfera extraña y un cierto dramatismo en la escena que emanan de esa luz oblicua, de esa textura granulada, de la ausencia casi total de color, del color del café y de la mancha que hay en el borde de la taza. A propósito, esa pequeña mancha coloreada es maravillosa, parece que es la conexión entre el orden y el desorden, entre el pensamiento y la ausencia de pensamiento… es la pequeña gota de optimismo y alegría que busco en cualquier situación, en cualquier escena de la vida.

Últimamente, a menudo me encuentro con gente enfadada por la calle, gente que grita, que habla sola o que habla con todos los que pasan a su lado. No me gustan estos individuos porque discuten y se lamentan en voz alta de las cosas más banales. Yo noto fuertes interferencias entre mis neuronas cuando me encuentro con uno de éstos y me dan ganas de pararme delante de él (normalmente son hombres) y gritar: “¡Cállate, cierra el pico imbécil. Para ya. Deja de molestarme, si no te gusta este mundo vete a Marte!!!” A Marte o a Fernando Poo, como decía mi abuela. Lo haría con placer y sé que podría hacerlo, no ha ocurrido todavía porque la orden que al final pasa a través de mis neuronas es ESCAPA, ESCAPA en lugar de HAZLO CALLAR, pero quién sabe, tal vez algún día no me pueda contener. Hoy ha sido un viejo gordo, no tengo nada en contra de los viejos ni de los gordos, pero este era viejo y gordo, 70 años, 1’70 de altura y 170 kilos, diría yo. Caminábamos a lo largo de la calle más comercial de la ciudad. Yo había dejado el coche en un parking cercano y me dirigía al centro de lenguas. Ahora estamos en período de rebajas, por lo tanto la calle estaba muy concurrida. Hacía un calor terrible. Los transeúntes desfilaban desordenadamente, algunos más veloces se deslizaban entre la masa más pesada. Yo estaba intentando desaparecer lo antes posible pero me he encontrado bloqueada por un grupo de personas y entonces este tipo, que estaba justo detrás de mí, ha comenzado a gritar: “¡Comprad, comprad, venga vamos a comprar. Vamos de compras.  Mirad, todos con su bolsita. Todos tienen que comprar ahora. El que no tenga una bolsa hoy es estúpido. Tenemos que comprar ahora porque si no, después quien pagará la hipoteca. Venga, venga, comprad, todos con su bolsita!!” y continuaba con la misma historia. En fin, después de un rato he conseguido adelantar a este grupo y, en el primer cruce, he dado la vuelta a la esquina y he buscado una calle con menos gente. Estaba todavía un poco electrizada del estrés de aquel tipo cuando he visto una señora anciana, muy pequeña, que tenía cierta dificultad para abrir la puerta de su edificio, una puerta de hierro muy grande y pesada. Ella sola no se las apañaba para abrir al mismo tiempo que cogía el bastón. Me he acercado a ella y le he ayudado. Después, con una dulzura extrema, me ha agradecido muchísimo el gesto y así me ha hecho olvidar la otra historia.

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